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El cuerpo y la imaginación en el tiempo y el espacio

                                     Delia Pin lavayen                                                                                                                       “Nada es más misterioso para el hombre,
que el espesor de su propio cuerpo
                                                                                                                 David Le Breton
                                                  LEYENDA DE CUERPOS

—¿Cuál es el ser, con una sola voz, que tiene a veces dos pies, otras tres, otras cuatro, y que es más débil cuantos más tiene?
 —El hombre —dijo Edipo— porque anda a gatas cuando es pequeño, se mantiene firme sobre sus dos pies en su juventud, y se apoya en un bastón en la vejez.
 ¿Por qué, para la esfinge era tan importante imponer está pregunta? Tal vez para demostrarnos que el cuerpo del ser humano es objeto de cacería, en comparación a lo temible que podía ser su aspecto físico: cuerpo de león con alas, senos y cara de mujer; cuerpo de un monstruo que no envejecía y podía volar y caminar. Para los dioses griegos, el ser humano creado por la gracia de Prometeo siempre fue un misterio, él nos dio más que el aliento de vida y el fuego de la sabiduría. Mortales que aprendieron a comunicarse y organizarse; sabían bien a dónde dirigir sus miedos y vergüenzas; adoradores del  desconocido Olimpo, amantes, pro-creadores,  insensatos y preguntadores sin fin.
Todos los personajes de Edipo rey giran alrededor de la  tragedia oculta. Lo siniestro, el espectador-lector lo sabe; personajes-teatro que pretenden engañar-se. Voz semblante de Yocasta; ojos y oídos asustadizos de Edipo. Todos estos objetos a se reúnen para retener y des-dibujar una verdad en la historia trágica del cuerpo de la humanidad.
En Edipo rey podemos percibir lo que oculta el cuerpo, más allá de lo que es, Nos habla de la tragedia de las almas consabidas con los dioses.
¿Pero, la esfinge se burla del cuerpo de la raza humana? Sin duda conocía la antigua leyenda que Platón nos deja de herencia, en los decires sabios de Sócrates: La primera historia del cuerpo humano, donde habitaban tres sexos en la tierra: mujer, hombre y andrógino;  El hombre y la mujer eran un solo cuerpo, pegados por la espalda y el andrógino era  uno solo que disfrutaba de la compañía tanto del hombre como de la mujer; todos estos cuerpo tenían formas circulares: el hombre tenía la forma del sol; la mujer, de la tierra y el andrógino, de la luna. Seres hábiles que se movían sin inconveniente por doquier, se comunicaban telepáticamente.  La arrogancia de ellos, era tal, que quisieron retar a los dioses y Zeus no iba a permitir semejante atrocidad y con la  colaboración de Apolo: el cuerpo del hombre y de la mujer fueron separados  y de allí nace la leyenda platónica de que cada hombre tiene a una  mujer-compañera y viceversa; guiados por Eros y Afrodita; dioses que gobernaban los goces y placeres de la carne, más allá de la belleza, el destino y la muerte.
¿Y si retomamos la leyenda bíblica qué de la costilla del hombre sale la mujer? y para la religión católica, eso es ley.  La pertenencia de los cuerpos y espíritus de unos con otras. La voz retumbadora de Dios sigue reinando hasta la eternidad en los oídos y cuerpos de los  mortales y así en definitiva se van desfigurando las almas,  en las leyendas impuestas por la palabra. Y vale recalcar que el cuerpo del andrógino quedó relegado en la frontera de los otros cuerpos que los aceptan, ocultan o discriminan o como dice Platón: “… ahora no es sino un nombre sumido en la vergüenza.”
El ser humano perece en el cuerpo, en  el que se transforma y se deja caer.  En el cuerpo se ven todos los estragos del alma. El alma arrastra lo perdido o lo “impensable” como dice Foucault. Leyendas que se hacen presente en sueños negados  e (in)quietos.

                                                       Cuerpo y ojo

David Le Breton alejado de las leyendas griegas y bíblicas nos propone un estudio del cuerpo en el espacio real, en el tiempo, la historia, cultura y religión. El cuerpo y el enmarañado sistema de convivencia con los otros; llámense estos: semejantes, cosmos, naturaleza o reino animal. George Bataille decía que el ser humano primario se identificaba con el animal por eso lo usaba como enemigo, alimento o carnada. Podemos suponer que antes y ahora el cuerpo sigue siendo objeto de identificación y de relación. Las antiguas comunidades desconocían la existencia de un cuerpo independiente; eran nómadas, errantes, clan, tribu pero jamás individuos.
No  afirmo que el individuo veía y ve al cuerpo como un objeto, es peor que eso, la humanidad puede negar, aprobar,  idealizar o abusar de su propio cuerpo dependiendo de sus síntomas y devenires.
Pero al hablar del cuerpo más allá de toda esa contingencia que lo sostiene y lo habita como  territorio irreal: Bataille menciona  las angustias del ser impregnadas en el cuerpo, ese conflicto que remece las carnes y al espíritu y que vivimos representándolo en simbologías de sacrificios y  ritos hasta la actualidad. El cuerpo está entrampado en ideales y negligencias del alma. En el alma se funden todos los dolores y amores que al cuerpo estigmatiza.
¿Pero qué ata al cuerpo y al alma? Foucault responde “El poder de la imaginación… está en el hombre en la costura misma que une el alma con el cuerpo”  La imaginación es como el libre albedrío. Como un objeto a desatado, vagabundero; sostenido y des-aprovechado en el cuerpo. La imaginación  es ese aire fluido sin nada que lo detenga. Quizás, la imaginación no necesite de rejas corpóreas para existir, pero es en el único lugar que se la reconoce y se la nombra.
Jacques Lacan dice: “El espacio no es una idea. Tiene una cierta relación no con el espíritu sino con el ojo. El espacio está colgado de este cuerpo… Un cuerpo es cualquier cosa y no es nada, es un punto. Pero es de todos modos algo que se localiza en el espacio mediante algo ajeno a las dimensiones... Un cuerpo en el espacio es, como mínimo, algo que se presenta como impenetrable”.  El cuerpo propio de por sí puede ser imaginario. Afirma  Lacan “Mi imagen, mi presencia en el Otro, carece de resto. No puedo ver lo que allí pierdo. He aquí el sentido del estadio del espejo”.  Para el Otro no somos un resto. El ojo es un espejo. Y continúa Lacan: “Un espejo no se extiende hasta el infinito,… este espejo permite ver al sujeto, ver un punto situado en el espacio que no le es perceptible directamente.”
Entonces, el cuerpo ¿qué es?  Un talle, una imagen, un templo, una casa, un ser vivo, no un cadáver, no un material. El cuerpo es un habitable traje que nos usa, el cuerpo no está solo, el cuerpo sustituye, representa,  interpreta, se echa, se ausenta, el cuerpo invade espacios, fronteras territoriales.  Tal vez esa es la imagen que se tenga del cuerpo del Otro, pero del propio, ¿cuál es?
Me atrevo afirmar que el ser humano se vehiculiza con el síntoma, con ese síntoma- metáfora o “falta de significante” esa falta no real sino simbólica en la que la humanidad sucumbe y construye la lógica de su ser y entorno. Es como si ante esta falta constituyente, estructura de la subjetividad, el ser humano tiene dos caminos -y de seguro hay otros-, en donde se agujera, retiene y resurge; como nos propone Lacan en el capítulo de la angustia entre el goce y el deseo: El masoquismo y el sadismo. El cuerpo se regula en la ambigüedad de estos dos término y esa falta es un pedazo de carne interiorizado en su imaginario, subjetividad gobernante; “ese pedazo de carne que está entre el cuerpo y la palabra” como propulsión de búsqueda hacia otros significantes sin fin. Un pedazo de carne que está en el borde como fenómeno y en la lógica del “ser y el tener.”
En la relación con el otro es que el ser humano se localiza o pierde, en esas posturas de poderes, estrechamientos o abandonos. En una lógica del orden, idealización o negación, los cuerpos obedecen. Y aclara Lacan “…el sujeto tiene que realizarse es por la vía del Otro… toda actividad humana se desarrolla en la certeza o en un deseo que engendra certeza”.
                                                      Cuerpo-Voz

El cuerpo habla y habla desde la palabra desbordante, desde esa “libra de carne” que se esponja o escalda. La palabra se adueña del cuerpo y de  la voz;  y el cuerpo no hace más que gozar en ese “yo pienso” o como dice Lacan en ese “yo miento”.
Pero en el cuerpo demandante de pulsiones, sostenido en  decires inacabados; la voz obviamente también pone sus reglas desconocidas, afluentes del inconsciente y la certeza; Bataille  sabe que la voz deviene de la imposición individuo-cultura. “El que habla siempre es el civilizado” porque “la violencia es silenciosa… La violencia que es obra de la humanidad entera carece de principio de voz,… la humanidad entera miente por omisión…” Y concluye Bataille: “…el violento tiende a callar y se aviene al engaño… el espíritu de engaño es la puerta abierta a la violencia… El castigado es el que no logra callarse… El castigado es la voz de la violencia.”

                                           Conclusión
Ha desaparecido el oráculo nos dice Jacques Allan Miller. El ser cada vez más carece de límites y de advertencias. Los cuerpos copuladores en este siglo XXl se muestran con un solo clic, donde millones de ojos se extinguen y deleitan, los sueños diurnos nos invaden. Los dioses ya no están, Ya no hay esfinge que se burle del cuerpo humano, para eso estamos sus habitantes, para gozarlo como le plazca al inconsciente y a los seudos deseos hasta llevarlo al mismo silencio de muerte. Los demonios se ausentaron. En estos tiempos, el fantasma es el guía de cada quien, ese fantasma es el que medio escucha aún la voz del omnipotente Dios. La imaginación, el  más débil albedrío del cuerpo y de toda la metáfora humana. Con el pasar del tiempo, el cuerpo se convierte en un punto de cacería en el espacio; le apuntamos fijamente para silenciar a ese pedazo colgante, adherido, que  no sé sabe en  qué parte del imaginario está.
Edipo rey sigue siendo ciego,  sordo y el parlanchín de la repetida historia del mundo y nosotros, los sucesores.


Bibliografía: Jacques Lacan: Seminario la identificación (9); Seminario la angustia (10). El estadio del espejo. David Le Breton: La antropología del cuerpo y la modernidad. Sigmund Freud: Inhibición, síntoma y angustia; la negación; introducción al narcisismo; el ideal del yo. Michael Foucault: Las palabras y las cosas. Jacques Alain Miller: El inconsciente y el  cuerpo hablante. George Bataille: El erotismo. Sófocles: Edipo rey. Platón: El banquete. William Shakespeare: el mercader de Venecia. Cicely  Berry: La voz y el actor.
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