sábado, 21 de abril de 2012

Apolo cansado de pensar

El dios Apolo camina  una y otra vez por su gran palacio, no en el palacio griego, no, no...sino en algún palacio de Europa. A veces busca aliviar sus dolores y estrés, entre los paisajes de Latinomérica, justo en estos momentos se encuentra por estas tierras calientes. No comprende, desde cuando el ser humano empezó a divagar como si fuera dios, sin diferencias de clases o estirpe; se siente  inútil, se pregunta: ¿Tal vez el tiempo de dioses ya pasó de moda? se le complica entender;  luego "algo" lo reviste de grandilocuencia y se asoma al balcón donde de repente aparece uno que otro seguidor que lo exhorta y le da valor, claro ese liderazgo le dura poco rato. Sí, en momentos como estos se cuestiona: ¿Que pasaría si Dioniso no hubiera sido desterrado? ¿Dónde estaría yo, si Dioniso reinara? Tan perturbado camina el gran Apolo, que su séquito le cargan siempre el botiquín completo en cada viaje que realiza. "Son otro tiempos" dice,  "tiempos de mortales eternos". La política es algo que ya no le preocupa, las palabras tampoco le preocupan, lo que aterra a este dios del orden y del  sueño: son los actos inconscientes que se desatan como si fueran  actos divinos, deliberados por dioses del Olimpo.

Casi nadie le consulta nada, las cartas, mails, faxes, son ignorados , muy pocas veces tienen respuestas. Se consuela mirando al firmamento. En las noches platica con Doña Luna , pero ella,  ni se digna a  responderle.  Tan solitario, sin vino, escucha un eco, allá a lo lejos,  no suena como su voz, parece Dioniso. Cuando se atrevió hablar con aquel eco, le respondieron risas sarcástica,  risas de mujeres , risas que parecían mencionar el nombre de su rival.  Apolo más alterado que de costumbre, mira a la Luna otra vez y la enfrenta: "Tú, mujer fría y lejana, te atreves a ignorarme,  dile a tu hijo predilecto, a ese borracho risueño, que el trono sigue siendo suyo, que a estas alturas, siento que él jamás abandonó estas tierras,... dile también que fui cómplice  de su dolorosa decisión, abandonar a su gente bajo mi cautiverio del orden y la razón. Dile que regrese, sus hijos terrenales lo aclaman incesantemente, hasta en sueños".  Después de semejante desahogo, el gran Apolo cae rendido en la cima del Aconcagua y la Luna silenciosamente se arropa con una gran nube gris, dejando al dios echado como una estatua petrificada y dormida.

Apolo baja cauteloso la gran montaña, sonríe placentero, menos triste. Su gran ego le dice que,  él es el dios perfecto,  si sigue en el poder es porque es necesario que reine la razón, la ciencia, la moral.  
Entre sus pensares, recuerda un texto de unos autores franceses donde mencionan la esquizofrenia como purgante, evacuación de tanta política capitalista. Pero él deduce que esos "esquizofrénicos" son engendros de Dionisos, no dependen de él.  
Una vez más confiado, bebe un sorbo de vino, toma su pastilla del olvido y sueña como el último dios lo haría: sonriente, feliz, crédulo en la sensatez de los tiempos sin frenos y eternos.  De repente las voces, risas de Dioniso y sus mujeres lo desesperan, pero se voltea y recoge la otra almohada, la almohada del destino efébico. Y así pasan los días de Apolo, cuando se cansa de pensar, se oculta en paisajes lejanos a renegar con su conciencia y humanidad. A veces cree que es más humano que cualquier terrestre de este planeta.


Delia Pin Lavayen
  


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