sábado, 23 de octubre de 2010

Un jarro de café

  • Otra vez tú café , fuiste testigo de las críticas de los interlocutores hacia mi pequeña hoja del insignificante cuento. La palabra veneno no cabía dentro de la historia, -según ellos- , ¿por qué el veneno sanaba a la protagonista en vez de matarla? , nadie lo entendía .
  • Tú, jarro de café, que saboreabas cada rato mis labios temblorosos , te entibiaste de golpe con la sonrisa de aquella muchachita , que inquieta arrugaba las puntas de mi cuento.
  • Trate de explicar eso de la sanación, pero no valían las explicaciones, si todo estaba escrito.
  • El mayor de todos reflexionaba en voz alta :
  • -¿Por qué veneno?
  • -¿El veneno sana y salva a un cuerpo afligido, adolorido?
  • Antes de responder, el jarro de café se volvió a levantar, ya su sabor no era tan bueno como al principio. La amargura del concho estaba delirante .
  • Refuté después de sacar mi lengua y pasarla por mis labios humedecidos de café:
  • -Quisiera decir que el veneno sabe bien y gusta más cuando quieres acabar con los problemas, pero mi protagonista no quiere suicidarse solo busca probar sabores negados.
  • -No está afligida. Si se dan cuenta se ríe recordando los NO de las niñez.
  • Todos movían la cabeza , quien sabe si (des) aprobando el texto.
  • Alguien por ahí levantó la mano y dijo:
  • -¿En qué termina? ¡eso no lo cuenta!
  • Enojada de saber que ya no tenía líquido alguno:
  • -Y eso que importa, ella hizo lo que quiso y punto.
  • Café te fuiste , te vaciaste del gran jarro , dejándome sin veneno para mis palabras-respuestas-defensas. Ahora silencio antes los imaginarios interlocutores.
  • Llevaré pronto este chico cuento a la reunión de literatos amateurs.
  • Delia Pin Lavayen
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