domingo, 25 de abril de 2010

Solo eres un actor.

escena de la naranja mecánica
Un puntapié en el ombligo para que se declare culpable. Todos en la primera fila cuchicheaban su culpa, los recuerdos eran leves: sentado en una banqueta masticando chicle de fresa, ¿el lugar? No importa; un silbido fue la causa, un silbido al ver dos grandes piernas frente a él. Unos dientes refinados, le enviaban mensajes de aliento para que la bragueta del pantalón sentenciara el crimen sinverguenzamente. Ahora con la sensación del puntapié en el ombligo había olvidado el sabor del chicle; sentía una sazón más bien agria entre su mandíbula, el pobre volteaba como trompo en ese espacio, no entendía nada, ¿era actor? todos rodeándolo esperando que proclamara algún repertorio, pero no, prefirió silenciarse; se sujetaba fuertemente el pantalón para que no se le cayera... sus dos hinchado ojos de tantos golpes no distinguían la cantidad de gente en ese lugar, un grito aullador que provenía desde arriba, donde no había visto antes y descubre que estaba en un teatro; un teatro grande y semicircular, todos los presentes eran nada más que actores; pero su tragedia no era teatro, sino realidad. El dolor de los golpes no lo dejaban moverse bien, el sabor en su boca le costaba tragarlo. Un hombre encorbatado con un martillo en la mano, no dejaba de mirarlo, el pobre actor se dirige hacia él: ¿De qué se me acusan? ¿Cúal es la culpa? sintió que esas palabras no eran suyas, las decía porque estaban escritas en alguna parte que no recordaba, sus manos le dolían de tanto agarrarse el pantalón, pero no podía dejarlo de sujetar.
La atmosfera pesada e interrogante de cada paso que daba, escuchó unos traqueteos de dedos o como si soldados marchaban y venían hacia él; retrocedió unos tantos centímetros y vio abrirse un mar de gente, desde el fondo, entraban bufones con grandes botas negras; una risotada soltó, sus rodillas de pronto estaban en el suelo y su cuerpo postrado frente a unos dioses de circo. No paraba de reir, su risa atravesaba el eco, su risa reinaba toda su pena corporal. No había más texto solo risas y risas, la sentencia, un juego del inconciente, su realidad lo había encaminado hacia un teatro interrumpiendo a unos personajes en plena ebullición.

Sigue riéndote de tu realidad teatral, no hay más.

Delia Pin Lavayen
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