miércoles, 8 de abril de 2009

Revisando cuentas

Entre las mismas idas y venidas, me encontré el otro día, con la sorpresa que habían cerrado el camino , por el que me iba siempre, -que rabia, me dirigía a mi trabajo con el tiempo justo, como todos los días-, no quedaba otra que desviarme, como todos los demás transeuntes lo habían hecho. Jamás se me ocurrió irme por el camino más largo, pero a medida que avanzaba -a prisa- descubrí, unas palmeras estacionadas en medio de la vereda y entre las dos palmeras, se encontraba una hamaca, y en esa hamaca, descansaba una viejecita que, desde los pies hasta el cuello tenía un saco como colcha, pero su cara muy arrugada, muy resplandecíente y descubierta, para quien la quisiera mirar detenidamente. Eran ya las 7: 42 am, mis pies acelerados, hacia mi trayecto de rutina, pero mi cabeza, hacia atrás, no dejaba de observar tan tierna figura. Ella se veía como una niñita vieja, su posición fetal, en esa hamaca, mostraba mucha calma, demasiada calma. ¿Por qué? Por momento quise olvidame de mis obligaciones, como empleada obediente, así que tomé mi tiempo, -me senté en un borde, a un extremo de esa vereda-: Yo nunca falto al trabajo, nunca llego tarde, siempre pendiente que todo salga bien, para que nadie me llame la atención , -cosa que he detestado siempre: que me griten- pero ahora recién caigo en cuenta; mis pies, ya no corren como antes, mis manos ya no barren igual que hacen 30 años, las nueva empleadas que han ido a suplantar a las que despiden, son más ágiles, sus cuerpos se contonean más a prisa y con mucha más elegancia que el de esta narradora cincuentona. Nacen mis preguntas, sin perder de vista, la cara de la anciana, que descansa sin ninguna gana, de quererse levantar: ¿ cuál prisa llevo ? ¿para qué correr? y seguirme peleando, para enseñarle a esas tontinas, que creén saber más que yo, y decirles una y otra vez: fui YO quien fundó ese edificio, fui YO, la primera conserje , y lo sigo siendo aunque en los 30 años que llevo ahí, no han reconocido mi intensa labor. ¿Para qué voy a prisa?, si de seguro encontraré a la jefa de recursos humanos, repitiéndome: que mejor tome vacaciones. Mis pequeños , ya no son tan pequeños, -como quisiera que lo sean-, el Juancho, se me va a Argentina, no sé para que, pero se va. La Mariana, muchacha loca, anda enamorada y el buen chico, ya se casará con ella, ¿ y yo?, en todo este tiempo solo he podido trabajar y trabajar y sigo trabajando. Ahora que miro ese rostro viejo, con arrugas bien marcadas, que se ditinguen, desde esta distancia: Parece que, fuera yo aquella anciana, que no tiene más placer en la vida, el de seguir durmiendo. Ya basta de narrar, se me hace tarde, mejor avanzó, esta será mi primera llamada de atención, después de 30 años de trabajo. Delia Pin Lavayen
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